16 abril, 2012

La cicatriz inocua



Recordaba aquellos días del pasado como si se tratara del mismo presente, tan nítidos que le costaba creer que hubieran pasado tantos años. Nítidos sí, pero al tiempo lejanos, como si en realidad esos recuerdos no le pertenecieran a ella. Como si tuvieran otro dueño. Recordaba sus ojos de intenso color azul clavándose en los suyos…pero ya no sentía nada. Por primera vez en mucho tiempo, desde que lo conociera, sentía indiferencia al recordarlo. Y eso la hacía sonreír.
Sólo un día antes, aún podía sentirlo todo…podía recordarlo todo. Pero la mañana anterior, aquella cicatriz de la que de tanto en tanto aún se resentía, dejó de doler, repentinamente y parta siempre…

El agua que caía del cielo con parsimonia mojaba poco a poco las calles que ya comenzaban a oler a humedad. Caminaba deprisa entre la multitud. Detestaba llegar tarde porque no le gustaba dejar que el estereotipo latino de la impuntualidad pesara sobre ella. Se suponía que el divorcio debiera haberle reportado más tiempo libre, pero el trabajo era más intenso cada día, cosa de la que ella no se quejaba. Por fin hacía lo que le gustaba y disfrutaba cada minuto.
Llegaba tarde. Su oficina estaba a unas veinte manzanas calle abajo. Se detuvo en la parada del autobús rezando porque éste fuera puntual y mirando incesantemente a la calzada, como si con ello consiguiera que aquél llegara antes.
- Me refiero al tema financiero…lo discutiremos en la reunión…
Su corazón pareció detenerse para luego acelerarse su latir.
Después de tantos años, reconoció su voz, y su aliento se paralizó por un instante. Su mente, obnubilada, se encontró perdida por unos segundos en el debate entre volverse y mirarlo, o ignorar que él estaba a unos metros de ella. Dudó. Después de tanto tiempo, aquel hombre que le había roto el corazón, estaba allí, tras ella en una ciudad que nunca los había visto juntos, en la parada de un autobús rojo que estaba por llegar.
Ella se giró.
Lo miró a los ojos y quiso sonreír, sin conseguirlo.
Sí, ese hombre alto del abrigo gris había sido el amor de su vida.
Pero ella nunca fue la mujer de la suya.
Él la miró con frialdad hasta darse cuenta de en quién se habían posado sus ojos… ¿Cuántos años habían pasado? ¿Quince? Estaba tan guapa como entonces, pero más delgada, y más elegante. Su traje de chaqueta azul marino y su pelo recogido en una cola de caballo nada tenían que ver con los trajes largos de colores que lució durante el tiempo que estuvieron juntos, ni con su larguísima y rubia melena leonina.
No podía creerlo. Él sí sonrió.

Llevaba puesto un pantalón vaquero y una cara blusa de seda. Unos tacones altísimos y un bolso de piel completaban el atuendo. No quería parecer nerviosa, ni tampoco parecer que hubiera estado demasiado tiempo frente al armario decidiendo qué ponerse.
Habían quedado para cenar, para hablar de viejos tiempos, y de los nuevos. Él ya estaba esperando en la puerta del restaurante. Estaba magnífico. Ella se sentía como una adolescente antes de una primera cita. Pero habían pasado algunos años y ya no era una niña. Tenía éxito profesional, una bonita casa en propiedad, un ex marido conciliador y un amante apasionado, sin embargo aún sentía que el pasado podía con ella. Todos los recuerdos se le vinieron a la memoria. Los buenos, y los malos.
Él le había dicho que la quería…
…Ella lo había creído…
…Y ahora le abría la puerta del restaurante con su amplia sonrisa y mirándola con aquellos mismos ojos azules que la habían visto caminar bajo el sol algunas mañanas de aquel verano, que la habían visto desnudar su virginidad, que la habían visto llorar la despedida -que sin poder sospecharlo entonces, sería perenne.
Se sentaron. El lugar era amable, de cálida luz amarilla y correctos camareros de acento marcadamente italiano.
Él sonreía, y ella procuraba no mirarlo a los ojos.
La tensión disminuyó, y al final de la velada era como estar también al final de aquel verano. ¿Era posible que aún estuviera enamorada de él? Sólo habían estado juntos unas semanas, y habían pasado muchos año, pero él jamás había caído en el olvido. Había querido a su marido, desde luego, y sí, había estado enamorada de él, pero este sentimiento del que nunca había hablado con nadie, con respecto a este hombre del que pocos sabían que hubiera existido...
- Brindemos. Por los rencuentros en las paradas de autobús. –Y guiñó un ojo.
- Brindemos.
- ¿Quieres venir a mi casa?

Cuando el sol comenzó a filtrarse tenue y gris por la ventana, ella aún no había conciliado el sueño. La noche había sido mágica y el sexo gratificante. Él había estado maravilloso.
Pero había un hormigueo en su estómago, un rum rum en su cabeza. Una inquietud en su estado de ánimo. Desnuda y medio tapada por las sábanas de lino color beis, recordó la primera noche que pasaron juntos, y sonrió para sí. Luego recordó el último adiós, frente a un autobús que lo llevaría de camino a un avión que nunca regresaría. Recordó sus lágrimas llenas de esperanza, y luego otras lágrimas, esas de vacío al recibir aquella carta suya un mes después. Era mejor que todo terminara…Esa fue la última noticia que tuvo de él. Nunca recibió respuesta a las siguientes cartas y llamadas. Nunca había sabido de él, hasta que lo viera en la parada del autobús veinte horas atrás…
Se levantó y buscó su ropa sin molestarse en no hacer ruido. Él, despierto, la miraba dejando que su media sonrisa dejara entrever lo que estaba pensando.
Ven…Por favor.
Tengo que irme.
Y para sorpresa de ella, quería irse. No estaba incómoda, no estaba nerviosa, simplemente no quería estar allí. Ni siquiera ella podía entenderlo.
- ¿Quedamos esta noche?
- ¿Por qué?
Percibió la turbación de él. Ella se había comportado como una niña embelesada toda la noche, y ahora su actitud había cambiado.
- ¿Por qué quiero verte? Verás…-Y sus palabras lo cambiaron todo. -¿Sabes? Creo que aún te quiero…
Clavó sus ojos en él. Impertérrita.
La mirada perpleja.
Entonces cayó sobre la cama con un ataque de risa que nunca hubiera sido capaz de predecir.
Él se incorporó, mirándola confuso sin saber si él debía reírse tambien, aunque sospechaba que tal vez no fuera una buena idea.
No lo era, desde luego.
Ella se estaba riendo de él tan descaradamente, que resultaba ridícula su posición bajo las sábanas, estando aún medio desnudo. Por su parte, ella no era capaz de controlar las carcajadas limpias y sanas que brotaban de lo más profundo de su cuerpo.
Cuando al fin la risa cesó, tenía los ojos llenos de lágrimas, estaba tumbada en la cama; la respiración entrecortada y una sonrisa que le iluminaba toda la cara.
- ¿Y bien? ¿A qué ha venido esto?- El tono de él quería parecer despreocupado, pero su azoramiento se hacía evidente.
Ella se levantó, ligera, y se miró en el espejo mientras se ordenaba la melena rubia.
Se volvió, recogió el bolso del suelo y le sonrió con los ojos mientras abría la puerta de la habitación.
- Cielo, todo esto viene a que me acabo de dar cuenta de que eres un auténtico gilipollas.
La puerta sonó recia al cerrarse tras una figura que nunca volvería a abrirla.

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