Mientras ella
golpeaba suavemente las teclas del portátil que reposaba sobre el escritorio de
caoba, él la observaba desde la cama, tendido y medio desnudo bajo las sábanas
de seda.
La miraba fijamente
esbozando un eco de sonrisa. La veía de espaldas. Su media melena oscurísima y
lacia caía sobre sus hombres muy morenos tras un verano de vagancia bajo el
sol. El sonido de las olas del mar se filtraba por la ventana entreabierta y
mecía las cortinas blancas.
-
¿En qué trabajas?
-
En una historia.
-
¿Sobre qué trata?
Ella se giró y posó
sus ojos verdes sobre él.
-
Trata sobre nosotros.
-
¿Y cómo acaba la historia?
-
Acaba con el último atardecer del verano.
-
¿Por qué?
-
Porque todo lo bonito acaba por marchitarse.
Él se recostó
completamente y puso las manos bajo su cabeza. Un halo de tristeza cubriendo su
rostro bronceado.
-
No tienes porque irte.
-
No, no tengo porqué-, dijo ella volviéndose hacia la pantalla llena de
letras del ordenador.
-
Pero aún así no vas a quedarte, ¿verdad?
-
Sabes que no.
-
No te has enamorado de mí -sentenció él-. Ni siquiera un poco.
Ella paró de teclear
y giró su cuerpo sobre la silla, también de caoba. Lo miró con una sonrisa
conciliadora. Luego se levantó. Un camisón blanco de finísimo tejido dejaba
entrever sus formas de mujer. Se acercó a la cama. Él no la miró.
-
Sí, me he enamorado de ti.
-
Mientes.
-
No, no miento.
-
¿Entonces?
-
Es hora de irse, eso es todo.
-
¿Por qué?
-
Por que no sé por cuanto más tiempo podré quererte.
Él suspiró. Un
suspiro cansado, con un atisbo de molestia.
-
A veces no entiendo nada de lo que dices.
-
Creía que eso era lo que te gustaba de mí.
-
Lo era cuando hablabas de los demás. Ahora hablas de mí y ya no me
gusta tanto.
La mujer se sentó en
el suelo junto a la cama e hizo girar la cabeza de él hasta que sus rostros
casi se rozaron. Por la cara masculina rodó una lágrima que fue a aterrizar en la
almohada.
-
Tú ya sabías como iba a terminar esto. Nunca lo hablamos, pero todo lo
que ahora te estoy diciendo quedaba implícito ya en el primer beso. Sabes que
no estoy mintiendo.
-
Lo sé. –Una pausa-. Pero siempre quise que no fuera así.
-
Ese es el deseo de un niño caprichoso.
-
Y ese el comentario de una mujer que no sabe lo que quiere.
Ella calló y se
incorporó para luego recoger y guardar algunas cosas suyas que habían quedado desperdigadas
por la habitación. Se quitó luego el camisón sin pudor y se vistió sin prisa,
ignorando la presencia del observador. Cuando hubo terminado de arreglarse se
miró en el espejo y se atusó la melena. Se pintó los labios de rojo.
Vio el reflejo de él
en el espejo y sus miradas se cruzaron.
Ella habló. La voz sueva
y dulce. La mente fría.
-
Sí se lo quiero y si eso es un inconveniente para ti, yo lo respeto.
Sin embargo, saber lo que quiero nunca ha sido un problema para mí y no va a
empezar a serlo ahora.
Entonces se inclinó hacia
el espejo, y sin perder el contacto visual el uno del otro a través de aquél,
besó el reflejo del hombre que descansaba sobre la cama blanca, dejando la
marca roja de sus labios como único testimonio y como postrer despedida.
Luego se acercó a la
puerta y sin prisa, con su bolso colgado de su hombro y un vestido veraniego
sobre su cuerpo, abandonó la habitación.
El sol ya se había
puesto aquella tarde cuando él tuvo que admitir, tras horas de espera en vano,
que el beso sobre el cristal era lo único que siempre tendría de ella.

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