03 septiembre, 2012

La marca sobre el espejo




Mientras ella golpeaba suavemente las teclas del portátil que reposaba sobre el escritorio de caoba, él la observaba desde la cama, tendido y medio desnudo bajo las sábanas de seda.

La miraba fijamente esbozando un eco de sonrisa. La veía de espaldas. Su media melena oscurísima y lacia caía sobre sus hombres muy morenos tras un verano de vagancia bajo el sol. El sonido de las olas del mar se filtraba por la ventana entreabierta y mecía las cortinas blancas.

-          ¿En qué trabajas?

-          En una historia.

-          ¿Sobre qué trata?

Ella se giró y posó sus ojos verdes sobre él.

-          Trata sobre nosotros.

-          ¿Y cómo acaba la historia?

-          Acaba con el último atardecer del verano.

-          ¿Por qué?

-          Porque todo lo bonito acaba por marchitarse.

Él se recostó completamente y puso las manos bajo su cabeza. Un halo de tristeza cubriendo su rostro bronceado.

-          No tienes porque irte.

-          No, no tengo porqué-, dijo ella volviéndose hacia la pantalla llena de letras del ordenador.

-          Pero aún así no vas a quedarte, ¿verdad?

-          Sabes que no.

-          No te has enamorado de mí -sentenció él-. Ni siquiera un poco.

Ella paró de teclear y giró su cuerpo sobre la silla, también de caoba. Lo miró con una sonrisa conciliadora. Luego se levantó. Un camisón blanco de finísimo tejido dejaba entrever sus formas de mujer. Se acercó a la cama. Él no la miró.

-          Sí, me he enamorado de ti.

-          Mientes.

-          No, no miento.

-          ¿Entonces?

-          Es hora de irse, eso es todo.

-          ¿Por qué?

-          Por que no sé por cuanto más tiempo podré quererte.

Él suspiró. Un suspiro cansado, con un atisbo de molestia.

-          A veces no entiendo nada de lo que dices.

-          Creía que eso era lo que te gustaba de mí.

-          Lo era cuando hablabas de los demás. Ahora hablas de mí y ya no me gusta tanto.

La mujer se sentó en el suelo junto a la cama e hizo girar la cabeza de él hasta que sus rostros casi se rozaron. Por la cara masculina rodó una lágrima que fue a aterrizar en la almohada.

-          Tú ya sabías como iba a terminar esto. Nunca lo hablamos, pero todo lo que ahora te estoy diciendo quedaba implícito ya en el primer beso. Sabes que no estoy mintiendo.

-          Lo sé. –Una pausa-. Pero siempre quise que no fuera así.

-          Ese es el deseo de un niño caprichoso.

-          Y ese el comentario de una mujer que no sabe lo que quiere.

Ella calló y se incorporó para luego recoger y guardar algunas cosas suyas que habían quedado desperdigadas por la habitación. Se quitó luego el camisón sin pudor y se vistió sin prisa, ignorando la presencia del observador. Cuando hubo terminado de arreglarse se miró en el espejo y se atusó la melena. Se pintó los labios de rojo.

Vio el reflejo de él en el espejo y sus miradas se cruzaron.

Ella habló. La voz sueva y dulce. La mente fría.

-          Sí se lo quiero y si eso es un inconveniente para ti, yo lo respeto. Sin embargo, saber lo que quiero nunca ha sido un problema para mí y no va a empezar a serlo ahora.

Entonces se inclinó hacia el espejo, y sin perder el contacto visual el uno del otro a través de aquél, besó el reflejo del hombre que descansaba sobre la cama blanca, dejando la marca roja de sus labios como único testimonio y como postrer despedida.

Luego se acercó a la puerta y sin prisa, con su bolso colgado de su hombro y un vestido veraniego sobre su cuerpo, abandonó la habitación.

El sol ya se había puesto aquella tarde cuando él tuvo que admitir, tras horas de espera en vano, que el beso sobre el cristal era lo único que siempre tendría de ella.

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