24 junio, 2013

La llamada





I

Eran las doce y seis minutos de aquella mañana de domingo y faltaba muy poco para que el autobús partiera. El andén estaba lleno de gente que iba de un lado a otro, o que simplemente esperaba, como hacían ellos. Hacía muchísimo frío. Madrid podía ser gélido en diciembre.
Se escuchó a través de la megafonía que el autobús, su autobús, estaba a punto de partir. Un cielo que había sido azul durante toda la mañana se tornaba ahora gris y amenazaba lluvia. Había llegado la hora de decir adiós, y a ambos les faltaba el valor suficiente para mirarse a los ojos. Ella se apoyó en su pecho y notó como una lágrima de él caía sobre su mano, quemándola.
-          Volveremos a vernos...
-          Volveremos a vernos… -la voz de ella se quebró y rompió en un suspiro.
Junto a ellos, una señora mayor los miraba con cara de curiosidad y entendimiento, como si ella pudiera sospechar todo lo que había ocurrido durante aquellos días. Tal vez lo supiera. Tal vez todas las historias fueran iguales, pero para María, esa era su historia y no podía parecerse a nada más.
La joven subió al autobús y vio desde la ventana de su asiento como él buscaba un buen ángulo para poder despedirla con la mirada. Comenzó a llover, y se le antojó irónico que lloviera el día de su despedida, acordándose de que también llovía el día en el que, dos semanas atrás, se habían conocido. Las gotas de lluvia mojaban con parsimonia la vida mientras en la cara de él se reflejaba la tristeza.
Ella pegó su mano en el cristal helado y sonrió. El autobús arrancó y echó marcha atrás. Al salir de la estación a la calle, el vehículo paró al toparse con un semáforo en rojo.
Esa fue la última vez que lo vio. Tratando de descubrir en cuál de los muchos autobuses que habían salido del recinto en ese momento se encontraba ella. Allí lo vio, bajo la lluvia helada de un Madrid que no era la tierra natal de ninguno de los dos. Ella creyó verlo llorar. Entonces el autobús arrancó y el sonido de su motor emuló un dolorido beso de Cupido.

II

La llamada de teléfono la despertó en mitad de la noche. Las dos de la madrugada. Tanto María como su marido se incorporaron, temerosos de lo que una llamada a tales horas pudiera suponer. Ella abrió el móvil y pegó el auricular a la oreja.
Su lividez se hizo patente a ojos de él, quien comenzaba a estar terriblemente preocupado.
-          Sí, soy yo- fue lo primero que dijo su esposa. Sí… ¿Quién? Pero… de acuerdo. ¿Dónde ha dicho? Está bien, tomo nota- y garabateó una dirección sobre el reverso de un libro. Gracias y buenas noches a usted también.
Él la miró expectante, esperando una explicación a una pregunta que quedaba implícita. María, sin embargo, seguía presa de una especie de sopor.
-          ¿Y bien? ¿Qué ocurre? ¿Vas a decirme qué pasa? ¿Todo el mundo está bien?
-          No todo el mundo- dijo, y su voz resbaló por su garganta a modo de susurro. Respiró hondo y miró a su marido. –Vas a tener que ocuparte de los niños durante unos días tú sólo. Tengo que tomar un avión. Un viejo amigo me necesita. –Y la palabra amigo le sonó reprochablemente irreal.

La casa era de piedra color ceniza y en conjunto daba la impresión de ser lujosa, sin buscar la ostentación. Una verja alta se abrió dando paso al taxi que paró junto a la puerta principal. Al descender del vehículo, María tuvo la sensación de estar viviendo algo que no le correspondía a su vida; de estar siendo la protagonista de una historia que no había sido suya antes, ni era suya ahora.
Se había arreglado demasiado y se arrepentía. Quizás un exceso de máscara de ojos y posiblemente tacones demasiado altos. En el umbral de la puerta, antes de llamar tímidamente, le vino a la mente una imagen de su marido, de sus facciones de galán y su pelo negro. Entonces la puerta se abrió y una señora a la que reconoció como la madre de él le regaló una sonrisa triste.
Gracias por venir. ¿Una taza de café? ¿El vuelo ha ido bien? ¿Necesita utilizar el lavabo?
Necesito verlo, gracias.
La puerta estaba entreabierta y al empujarla despacio con la mano, chirrió levemente. Un despacho de caoba con grandes ventanales la esperaba al otro lado. A mano derecha, recostado en una silla de piel cómoda, estaba él.
El pelo había desaparecido y estaba alarmantemente delgado. Sus ojos antes brillantes y llenos de vida, se veían distintos.
-          Bienvenida.
La mujer permaneció callada mirándolo, sin saber muy bien cual era la frase que se esperaba de ella.
-          ¿No vas a decir nada?
Miró al suelo, conteniendo un suspiro ahogado. Luego caminó hacia él y se sentó en el borde de la silla, rozando sus piernas con las suyas. Tomó sus manos mientras él la miraba con una sonrisa cansada.
-          ¿Por qué no me has llamado antes?
-          Porque no hubiera sabido que decir. Porque no creí que fuera justo. Pero por encima de todo porque tenía miedo de que no vinieras, y de que no pudiera soportarlo.
Al oír estas últimas palabras ella meneó la cabeza lentamente a modo de reproche.
-          Entonces, ¿por qué me has llamado ahora?
-          Porque me muero –las palabras quedaron en el aire por un breve espacio de tiempo que se hizo infinito- y era la idea de no volver a verte la que no soportaba. Lo siento; siento que tengas que ver esto; que tengas que verme así.
-          Yo también lo siento. Ojalá hubieran sido otras las circunstancias.
-          Háblame de tu vida.
-          ¿Qué quieres saber?
-          ¿Eres feliz?
Esa era una buena pregunta. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Se preguntó qué hubiera respondido la María de veinticinco años a tal cuestión, ante ciertas circunstancias y ante la realidad de su propia vida. Qué hubiera pensado la idealista de María, la María que todo lo juzgaba con cariño y vehemencia, que veía la vida en colores que no existían, si le dijeran que evaluara la vida de ésta otra María, aún joven pero ya cansada, no totalmente descontenta pero parcialmente infeliz, a veces, cuando el ruido de la vida le dejaba tiempo para pensar demasiado. Y para recordar demasiado.
-          No soy infeliz.
-          No sé si esa es una buena respuesta.
-          Yo tampoco.
El silenció se hizo presente, pero ninguno lo encontró incómodo.
Nunca se habían vuelto a ver después de aquellas dos semanas. Habían mantenido parcialmente el contacto al principio. Luego la vida de cada uno tomó rumbos muy diferentes y un día se encontraron demasiado distanciados como para intentar lo que ambos habían deseado un tiempo atrás. Alguna carta de buenos deseos en Navidad, y poco más.
Él se había casado dos veces. Dos fracasos. Ella también lo había hecho y quería a su marido, pero tal vez no de la forma en que, siendo joven, hubiera deseado amar. Ya había amado así antes, sólo una vez.
Fue él quien habló. Su voz sincera retumbó en los oídos de ella.
-          Han pasado los años. No somos viejos, pero tampoco jóvenes. Hemos conocido el matrimonio, y hemos visto cosas. Tú tienes hijos y yo he creado un pequeño imperio económico. Estaba en la cima del mundo, y recibir un email tuyo de vez en cuando me bastaba, no te echaba demasiado de menos, aunque pensara muchas veces en ti. –Él paró de hablar un momento para mirarla. En los ojos de ella no había lugar para el reproche, sólo escuchaba, paciente. –Y entonces un día fui al médico, y me dijo, como el que dice cualquier otra cosa, que iba a morirme. Unos meses, dijo. Y entonces ocurrió. Salí de la consulta, y después de tantos años, de tantas experiencias y de no haber pensado demasiado en ti, tú eres la única persona que viene a mi mente, una y otra vez, y me paraliza el miedo de pensar en no volver a verte. Gracioso, ¿no?
-          Hilarante. –Él pudo ver a la María de humor sagaz de la que se había enamorado tiempo ha. Ahora era ella quien buscaba sus ojos, sin forzar la proximidad, pero tampoco alejándose. –Y supongo que es entonces cuando –ella tomó la palabra como si continuara contando una historia cuyo final ambos conocían- yo recibo una llamada en mitad de la noche, mientras comparto cama con mi marido y mis hijos duermen en la otra habitación, de alguien que dice ser la madre del que fue mi amante, y yo le digo a mi marido que tengo que irme, que un viejo amigo me necesita y antes de ir a la cocina a prepararme un café me encierro en el cuarto de baño y lloro muerta de pánico al pensar que quizás no vuelva a verte. ¿No te parece que eso sí es hilarante?
-          Graciosillo- ambos sonrieron cómplices y miraron al suelo.
Ella se levantó ligera y se plantó delante de él.
-          ¿Y todo eso qué se supone que significa?
-          No lo sé. Dímelo tú. Siempre fuiste más inteligente que yo.
-          Bueno, no estamos aquí para contarnos obviedades. –Y los dos rieron de nuevo. Pero tras unos segundos de refrescantes sonrisas el semblante de ella se puso serio, algo pálido incluso. Dejó caer la cabeza hacia adelante y clavó los ojos en sus zapatos inmaculados. –Me da mucho miedo pensar en la respuesta a esa pregunta. “¿Qué significa todo esto?” Yo tampoco te he echado mucho de menos… Pero te quise tanto… Luego el tiempo pasó, la vida continuó y dejé de pensar en ti. Conocí al que hoy es mi marido y tengo una familia maravillosa. Aún así… -¿Voy realmente a decir lo que estoy pensando? –…Aún así siento una especie de… no sé, de nostalgia, de insatisfacción, de frustración. De vacío. Pensé en ir al psicólogo, ¿sabes? –A estas alturas de su pequeño monólogo las lágrimas habían comenzado a correr por sus mejillas y casi gritaba al tiempo que gesticulaba con las manos, dando la impresión de que eso la ayudaba a encontrar las palabras adecuadas. -¡Al psicólogo! ¿Te lo imaginas? ¡Yo! ¡Porque soy jodidamente infeliz y no sé por qué! Y un día… -paró en seco de hablar y lo miró para enfrentarse a su rostro, que se mostraba empático, como si él supiera muy bien de lo que ella estaba hablando. María se dejó vencer por el peso del momento. Ya había dicho mucho. Digámoslo todo, se dijo. – Y un día recibo una llamada y comprendo en una milésima de segundo lo que no había entendido durante todos esos años. Negué mi destino cuando te dije adiós bajo la lluvia, y ya es demasiado tarde.
-          Sí que lo es. Pero tienes una gran vida… Gracias de verdad por haber venido. No sabes cuánto ha significado para mí. Bueno, creo que sí lo sabes.
-          Lo sé. Sabe Dios que sí. ¿Y ahora? –Ella sabía lo que él iba a decir, y no se sorprendió cuando él habló.
-          Ahora debes regresar a casa.
María ladeó la cabeza para mirarlo.
Se acercó a él, despacio y se inclinó para besarlo.
Un casto beso en la frente. Le guiñó un ojo.
-          Estar enamorada de ti no me da excusa para serle infiel a mi marido, ¿no crees? –Y esta vez su sonrisa fue triste, como un lienzo de colores en el que se adivina la soledad.
-          Quizás por eso me enamoré de ti, porque pocas mujeres hay capaces de ser infieles con un susurro.
Se alejó, pero antes de atravesar la puerta se giró y habló con voz firme.
-          Supongo que no ayuda mucho, ahora, después de tantos años, pero te quiero.
-          No, supongo que no ayuda. Gracias de todos modos.
El perfume de ella quedó colgado en la habitación como una sombra viva.

III

Marcó el número de teléfono y la línea sonó hasta que alguien respondió al otro lado.
…Todo bien…Ya te lo dije, un viejo amigo que está enfermo…Bueno, siempre es triste ver estas cosas, pero estoy bien…En cualquier caso tenía que venir, ya sabes…Sí, llegaré a casa para la cena…Lo sé, yo también te quiero…Gracias cariño, te he echado de menos.
Cerró el teléfono móvil, lo dejó sobre la mesa y continuó bebiendo de su taza de café humeante. Sólo una mujer normal, en mitad de una multitud de pasajeros que van y vienen, en la cafetería de un aeropuerto más. Nadie podría sospechar, pensó María con secreta amargura, que allí sentada entre la multitud había una mujer que acababa de descubrir una dolorosa realidad. Había estado mintiéndose a sí misma durante muchos años y ahora, una vez desenmascarado el engaño, se había dado cuenta de que ya era demasiado tarde para compartir con nadie la verdad.
Apuró la taza de café y tomó el avión que la llevaría de vuelta a casa.
Su marido se alegraría de verla.



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