Es de noche y no puedo dormir.
Me subo en mi Mercedes negro y dejo mi casa atrás mientras los neumáticos chirrían
en el asfalto cuando acelero calle abajo. Atravieso la ciudad que huele a
humedad estival y llego a una carretera que conozco bien y que me llevará a la
orilla del mar. Aparco el coche sobre la arena blanca y me apeo. Me descalzo y
camino hasta que mis pies son humedecidos por el agua salada que toca la orilla
y que luego retrocede. Una y otra vez. Huele a mar, a salitre, a algas infestas
y a calor. Huele a hule y a alquitrán. El puerto está cerca y puedo ver, a lo
lejos, la ciudad que trata de huir de la noche iluminando sus calles con
faroles de luces amarillas. Aún llevo puestas las joyas que llevaba en la
fiesta. También el vestido carísimo, pero no me importa ensuciarlo, no me
importa que se estropee. Creo que me apetece sentarme en la orilla y tal vez
dormirme ahí, sobre la arena húmeda y dejar que el mar me toque, suave, como
toca también la arena, pero en lugar de eso decido quitarme el vestido y
quedarme de pie, completamente desnuda. Pienso en mi marido, que tal vez haya
llegado ya a casa, preguntándose dónde estoy. Luego pienso en cual sería su
reacción si supiera que estoy desnuda en una playa a veinte kilómetros de casa.
Miro en derredor y no veo más que las sombras que la luna llena deja ver. No
hay nadie a quien mirar, pero deseo que hubiera alguien. De repente el mar se
embravece ligeramente y sus olas cantan en un aullido que se mete en mi cabeza
y ya no puedo oír nada más. Me pregunto qué estará haciendo la gente en ese
momento, el mundo en ese momento, mientras yo estoy allí desnuda, frente al mar
tibio del Mediterráneo. Pienso en los bosques tropicales y en África y sus leonas
cazando para sobrevivir. Pienso en un pueblo mejicano del que he oído hablar
pero de cuyo nombre no me acuerdo y creo que me gustaría ir allí. Pienso en
cuánta gente debe de estar enamorándose, practicando el sexo o muriendo justo
en ese instante. Todo está ocurriendo mientras yo miro el mar. Pienso en que
algún día yo también moriré y casi me asusto al darme cuenta de que no siento nada
ante esa idea. Algún día ya no podré estar por más tiempo frente al mar, y eso
en realidad, no parece importar. El que no me importe debería ser aterrador,
pero no estoy impresionada. Me sobresalta un ruido sobre la arena y veo a un
cangrejo a unos dos metros de mí, que camina por la orilla, seguramente rumbo a
ningún sitio. Lo observo y casi me hace gracia su manera de caminar y sus
pinzas moviéndose cómicas en el aire. Finalmente, me siento sobre la arena.
Estoy en su camino y me preguntó si tratará de pinzarme cuando se acerque. Por
algún motivo no puedo dejar de mirar al cangrejo y estoy impaciente por ver lo
que ocurre. Me invade una extraña sensación de incertidumbre y quiero saber
cual es el final de la historia. Cuando el animalillo de patas rojizas está a
unos treinta centímetros de mi, se detiene y tengo la sensación de que me mira.
Sí, me mira. Luego cambia de dirección y decide emprender su camino hacia el
mar. Una ola lo alcanza y lo arrastra, suavemente, como si se tratara de una
buena amiga, hacia adentro. No sé por qué, pero me molesta que el animal se
haya ido y al mirar al cielo y ver las estrellas que me observan, siento como
si hubiera dejado de existir, como si hubiera desaparecido. Me viene a la
cabeza la palabra fantasma y pienso en mí como en un ente que vaga por entre
las tinieblas. Me acuerdo de mi mejor amiga y de nuestro partido de tenis de
aquella mañana y me dan ganas de llamarla y decirle que no quiero volver a
jugar al tenis. Nunca. Me tumbo en la arena y el contacto con ésta hace que me
excite ligeramente. Cruzo mis brazos sobre mi vientre y dejo que mis piernas
permanezcan cerradas. Dejo caer los párpados y trato de dormir, tendida en la
arena. Me pregunto si mi marido me estará buscando pero me doy cuenta de que
eso no importa. Tal vez no importó nunca.
Todo lo que importa es el sonido
del mar meciéndome a través del susurro de sus olas.
Creo que me duermo. El animalillo de
tintes rojos debe de estar ya muy lejos.
Muy lejos.

Un relato breve y muy evocador.
ResponderEliminarMe gusta. Nos vemos en el próximo.