Me despierto al aire libre en un
lugar que no conozco y que huele a primavera. Mis ojos se encuentran con el cielo,
que es azul, pero de una tonalidad que nunca antes había visto: luminoso y
mezclado en ocasiones con el color de las lilas. Algunas nubes anaranjadas y
otras rosáceas brillan como si ellas mismas crearan su propia luz. Me siento
bien. El aire es el más puro que jamás haya respirado y también tibio.
Agradezco el contraste que supone su calidez con la frescura de la hierba sobre
la que me encuentro tumbada. Me incorporo y quedo sentada con las piernas
cruzadas durante un rato. Estoy en la cima de una montaña muy alta cuya
inclinación da a parar a un prado de extraños tonos de gualdo y verde, de
naranja y rojo.
Por mi lado pasa una abeja y tras
zumbar durante unos segundos alrededor de mi cabeza, se posa en mi pie desnudo.
La contemplo sin temor y eso me llena de una relajante sensación. Tiempo ha me dieron
miedo estos pequeños animales y el ya no sentir ese temor hace que me encuentre
extraña conmigo misma. Diferente y sana. Veo también, en el cielo, aves que son
nuevas para mí; por sus colores podría decir que vienen de paraísos exóticos
que nunca he visitado. Vuelan dibujando figuras. A una de ellas le gusta crear
estrellas invisibles con su movimiento.
Me levanto y mi cuerpo entero
agradece el haber dormido al aire libre; vestido sólo con una túnica blanca, se
siente ligero. Miro a mi alrededor y vuelvo a fijarme en el prado y en su
belleza insólita.
Decido entonces darme la vuelta
y veo a mi espalda, de algún modo, lo que esperaba encontrar. Un océano azul
cobalto y cargado de sal se presenta al otro lado del paisaje. ¿Cómo describir
que de alguna manera este espectáculo marino no es cortado por ningún
horizonte? El mar se presenta, efectivamente, infinito ante mis ojos. No sabría
describir por qué, pero en ese momento me doy cuenta de que aquella
incongruencia tiene más sentido que nada de lo que haya visto hasta entonces.
Curiosamente, pese a mostrarse calmado y cristalino, puedo escuchar a lo lejos el
sonido que sólo es capaz de producir un mar embravecido. Cierro los ojos para
que el olor del salitre se intensifique en mis pulmones y al hacerlo me doy
cuenta de que cuando mis párpados caen, ya no veo oscuridad. Sigo viendo luz, aún
cuando es diferente y más intensa incluso que la luz natural del sol. Una luz
hecha de recuerdos. Una luminosidad constituida de sonrisas, de juegos y de
lágrimas, de alegría y de tristeza.
Es la luz que queda cuando una
vida se extingue y cuando pese al sufrimiento de la muerte, sólo queda
felicidad.
Visualizo en mi amalgama de
recuerdos a todos y cada uno de los seres, lugares, animales y experiencias que
he amado a lo largo de mi vida. A ellos, a los seres que formaron parte de mi
existencia, los percibo como eran la última vez que los vi y los oigo tal cual
son ahora. Los siento disfrutar, sonreír y sufrir, a veces. También su
felicidad o su amargura. Lloro y río con ellos. Los noto tan cerca como si
pudiera tocarlos con mis manos y sé que ellos también podrían acariciarme a mí,
tal vez si compartiéramos al unísono el mismo recuerdo.
Puedo ver, al fondo del mural de
mis memorias, una cama de hospital y una mujer ya mayor y envejecida sobre
ella. La muerte reflejada en su rostro cetrino. Sé que soy yo en el punto de
partida. Me fijo en mis manos arrugadas de entonces y en cómo son éstas ahora:
ya no están marchitas. Siento la vitalidad de quien nunca ha llegado a
envejecer y la de quien nunca ha sufrido la enfermedad. Vuelvo a ser joven,
aunque ya no viva. Sigo siendo feliz, porque aún, pese a todo, sigo existiendo.
Camino hacia el mar infinito y
al llegar a la orilla me detengo para poder escuchar mejor el canto de las
sirenas. Por encima del estruendo del mar percibo el llanto de un niño recién
nacido. El milagro de la vida se hace realidad una vez más, esta vez en los
brazos de mi hija sosteniendo a mi nieto, que acaba de llegar al mundo. Los
acaricio a ambos con mis manos que siempre serán jóvenes y sus sonrisas me rozan
los labios.
Me tumbo sobre la arena dorada y
contemplo de nuevo mi mundo. Miro una vez más al cielo y no puedo evitar
maravillarme ante su perfecto tinte azul.

Me ha gustado. Me parece que está bien escrito y transmite buenas sensaciones.
ResponderEliminarSaludos