24 noviembre, 2012

Azul




Me despierto al aire libre en un lugar que no conozco y que huele a primavera. Mis ojos se encuentran con el cielo, que es azul, pero de una tonalidad que nunca antes había visto: luminoso y mezclado en ocasiones con el color de las lilas. Algunas nubes anaranjadas y otras rosáceas brillan como si ellas mismas crearan su propia luz. Me siento bien. El aire es el más puro que jamás haya respirado y también tibio. Agradezco el contraste que supone su calidez con la frescura de la hierba sobre la que me encuentro tumbada. Me incorporo y quedo sentada con las piernas cruzadas durante un rato. Estoy en la cima de una montaña muy alta cuya inclinación da a parar a un prado de extraños tonos de gualdo y verde, de naranja y rojo.

Por mi lado pasa una abeja y tras zumbar durante unos segundos alrededor de mi cabeza, se posa en mi pie desnudo. La contemplo sin temor y eso me llena de una relajante sensación. Tiempo ha me dieron miedo estos pequeños animales y el ya no sentir ese temor hace que me encuentre extraña conmigo misma. Diferente y sana. Veo también, en el cielo, aves que son nuevas para mí; por sus colores podría decir que vienen de paraísos exóticos que nunca he visitado. Vuelan dibujando figuras. A una de ellas le gusta crear estrellas invisibles con su movimiento.

Me levanto y mi cuerpo entero agradece el haber dormido al aire libre; vestido sólo con una túnica blanca, se siente ligero. Miro a mi alrededor y vuelvo a fijarme en el prado y en su belleza insólita.

Decido entonces darme la vuelta y veo a mi espalda, de algún modo, lo que esperaba encontrar. Un océano azul cobalto y cargado de sal se presenta al otro lado del paisaje. ¿Cómo describir que de alguna manera este espectáculo marino no es cortado por ningún horizonte? El mar se presenta, efectivamente, infinito ante mis ojos. No sabría describir por qué, pero en ese momento me doy cuenta de que aquella incongruencia tiene más sentido que nada de lo que haya visto hasta entonces. Curiosamente, pese a mostrarse calmado y cristalino, puedo escuchar a lo lejos el sonido que sólo es capaz de producir un mar embravecido. Cierro los ojos para que el olor del salitre se intensifique en mis pulmones y al hacerlo me doy cuenta de que cuando mis párpados caen, ya no veo oscuridad. Sigo viendo luz, aún cuando es diferente y más intensa incluso que la luz natural del sol. Una luz hecha de recuerdos. Una luminosidad constituida de sonrisas, de juegos y de lágrimas, de alegría y de tristeza.

Es la luz que queda cuando una vida se extingue y cuando pese al sufrimiento de la muerte, sólo queda felicidad.

Visualizo en mi amalgama de recuerdos a todos y cada uno de los seres, lugares, animales y experiencias que he amado a lo largo de mi vida. A ellos, a los seres que formaron parte de mi existencia, los percibo como eran la última vez que los vi y los oigo tal cual son ahora. Los siento disfrutar, sonreír y sufrir, a veces. También su felicidad o su amargura. Lloro y río con ellos. Los noto tan cerca como si pudiera tocarlos con mis manos y sé que ellos también podrían acariciarme a mí, tal vez si compartiéramos al unísono el mismo recuerdo.

Puedo ver, al fondo del mural de mis memorias, una cama de hospital y una mujer ya mayor y envejecida sobre ella. La muerte reflejada en su rostro cetrino. Sé que soy yo en el punto de partida. Me fijo en mis manos arrugadas de entonces y en cómo son éstas ahora: ya no están marchitas. Siento la vitalidad de quien nunca ha llegado a envejecer y la de quien nunca ha sufrido la enfermedad. Vuelvo a ser joven, aunque ya no viva. Sigo siendo feliz, porque aún, pese a todo, sigo existiendo.

Camino hacia el mar infinito y al llegar a la orilla me detengo para poder escuchar mejor el canto de las sirenas. Por encima del estruendo del mar percibo el llanto de un niño recién nacido. El milagro de la vida se hace realidad una vez más, esta vez en los brazos de mi hija sosteniendo a mi nieto, que acaba de llegar al mundo. Los acaricio a ambos con mis manos que siempre serán jóvenes y sus sonrisas me rozan los labios.

Me tumbo sobre la arena dorada y contemplo de nuevo mi mundo. Miro una vez más al cielo y no puedo evitar maravillarme ante su perfecto tinte azul.

1 comentario:

  1. Me ha gustado. Me parece que está bien escrito y transmite buenas sensaciones.

    Saludos

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