08 febrero, 2013

Soledad


 
 
Sentada frente a la soledad de su alma vio pasar su pasado ante ella. Vio a las personas a las que amó y las que nunca llego a querer. Vio los paisajes de su infancia y respiró el aire puro que cuando niña entraba en su casa junto al mar. Se preguntó a dónde llevaba todo eso, a dónde la llevaría en el futuro que ahora parecía tan oscuro. La traición, los celos, las ganas de llorar, los recuerdos, las sonrisas, todo se amontonaba en su cabeza haciendo que el flujo de su pensamiento se ralentizase. Miró al cielo en busca de alguna señal y las estrellas que otrora le hubieran parecido una respuesta divina las veía ahora como meras bolas de fuego que no querían decir nada. Ni a ella, ni a nadie. Era tanta la soledad, pese al ruido de la gente a pocos metros de ella…Tanto el silencio pese a la música que podía oír no muy lejana... Tantos los recuerdos, pese a no querer recordar nada. Era tanto, tantísimo el miedo que la atenazaba que a penas si era capaz de mover sus huesos fríos. Por eso, decidió quedarse allí sentada, a la orilla del río casi helado. Rodeada por la neblina invernal que deja pasar duramente el sol débil de diciembre. Se quedó allí sentada, esperando encontrar un buen motivo para moverse. Para caminar. Para buscar un por qué. Hubiera querido llorar, quizás para liberar la tensión acumulada tras horas, semanas, años de pensamiento inacabado, pero en lugar de eso contempló, simplemente, la vida. La vivida y la que aún estaba por llegar.

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