Sentada frente a la soledad de su alma vio
pasar su pasado ante ella. Vio a las personas a las que amó y las que nunca
llego a querer. Vio los paisajes de su infancia y respiró el aire puro que
cuando niña entraba en su casa junto al mar. Se preguntó a dónde llevaba todo
eso, a dónde la llevaría en el futuro que ahora parecía tan oscuro. La
traición, los celos, las ganas de llorar, los recuerdos, las sonrisas, todo se
amontonaba en su cabeza haciendo que el flujo de su pensamiento se ralentizase.
Miró al cielo en busca de alguna señal y las estrellas que otrora le hubieran
parecido una respuesta divina las veía ahora como meras bolas de fuego que no
querían decir nada. Ni a ella, ni a nadie. Era tanta la soledad, pese al ruido
de la gente a pocos metros de ella…Tanto el silencio pese a la música que podía
oír no muy lejana... Tantos los recuerdos, pese a no querer recordar nada. Era
tanto, tantísimo el miedo que la atenazaba que a penas si era capaz de mover
sus huesos fríos. Por eso, decidió quedarse allí sentada, a la orilla del río
casi helado. Rodeada por la neblina invernal que deja pasar duramente el sol
débil de diciembre. Se quedó allí sentada, esperando encontrar un buen motivo
para moverse. Para caminar. Para buscar un por qué. Hubiera querido llorar,
quizás para liberar la tensión acumulada tras horas, semanas, años de
pensamiento inacabado, pero en lugar de eso contempló, simplemente, la vida. La
vivida y la que aún estaba por llegar.

Muy intenso, me gustó.
ResponderEliminar¡Muchas gracias!
ResponderEliminar