25 mayo, 2013

El eco de las notas




El instrumento de madera y teclas estaba cubierto del polvo de muchos años en una habitación mal iluminada con un solo ventanuco que de seguro no se había abierto en largo tiempo. Algunas cajas de cartón a medio cerrar completaban el inventario del lugar que según parecía había sido relegado a guardar los objetos que un día tal vez fueron valiosos, pero que ya no le importaban a nadie.  
El piano, antaño extrovertido y dadivoso, había sido condenado a la soledad de un alma sin aliento. Sin nombre y sin dueño. Su silencio hubiera sonado melancólico a los oídos de quienes saben escuchar más allá del eco, porque un instrumento al cual no se le permite interpretar es como un bebé que crece sin nunca haber jugado: llega a viejo prematuramente, malhumorado y triste.
Pero un día, después de muchos años de pesado silencio cargado de desuso y de recuerdos, la quietud fue rota inesperadamente por el calor de la risa de un niño.
La búsqueda de tesoros escondidos y el combate a imaginarios malhechores se habían convertido en las actividades preferidas del pequeño desde que entrara en la gran mansión llevado de la mano de sus padres.
Recorrió habitaciones llenas de polvo buscando debajo de camas y dentro de armarios y hasta el momento había recabado algunos objetos de grandiosa utilidad para un jovenzuelo de cinco años: unas desgastadas tijeras de latón, un pequeño espejo sucio, un trozo de tela que le serviría de antifaz cuando tuviera que dar caza a piratas, y una canica.
Había ya ejecutado al último enemigo cuando se percató de que al final del pasillo de suelos de madera y paredes empapeladas había una habitación aún por explorar. Su alma aventurera no pudo resistirse a aquella nueva cruzada. El suelo crujió bajo sus pies con cada paso dado hacia la puerta de El Dorado.
Giró el pomo de metal.
Sus pupilas necesitaron de un momento para dilatarse permitiendo que la poca luz de la habitación las atravesara. El niño abrió mucho los ojos sin creer en la suerte que tenía. ¡Había encontrado el sueño de todo explorador urbano! ¡Cajas y más cajas llenas de a saber cuántas maravillas! ¡Tal vez encontrase oro! ¡O incluso más canicas! Echó un vistazo a su alrededor girando despacio la cabeza, con la boca entreabierta. Entonces el niño posó sus ojos sobre el instrumento que, esperanzado, lo observaba desde una esquina del trastero.
Sus miradas se cruzaron y ambos, aún sin saberlo, sonrieron.

Hace hoy más de tres décadas de ese encuentro fortuito. El mozo de apenas cinco años no podía saber entonces, aunque acaso lo intuyera ese instinto que sólo las almas puras tienen, que aquel piano de teclas mal afinadas acabaría por convertirse en su mejor amigo y más fiel aliado.
Aquel pequeño roza hoy la cuarentena y es un prestigioso pianista y compositor.
Mi nombre es Noah Fenech.
Yo no adiviné en aquel momento -como sé ahora- que aquella tarde al posar mis ojos sobre el viejecito de madera estaba forjando mi destino en el mundo de la música. Nunca hasta entonces había mostrado interés por instrumentos, canciones o notas musicales, sin embargo, la visión del gran piano de cola construido de madera de caoba y completado con dos pedales que acaso hubieran sido dorados en el pasado pero que ahora estaban demasiado oxidados para preservar su color de la juventud, hizo que se despertara dentro de mí un talento que quizás, de no haber sido por aquella habitación y el misterio que envolvía al instrumento, nunca hubiera llegado a descubrir.
Recuerdo cómo con mis curiosos dedos hundí despacio una de sus teclas blancas. Al sentir la nota cargada de electricidad vibrar en el aire polvoriento aprecié la excitación que debe sentir quien avista tierra tras semanas de cautiverio en el mar.
Fue entonces cuando supe que quería aprender a dibujar arte a través de sus teclas blanquinegras. Lo supe, sin más. Y podría decirse que ese es el fin y  también el principio de la historia.
Mis padres me encontraron dormido en el sucio suelo, junto al piano. Cuando me despertaron y me dijeron que era hora de volver a casa yo lloré insistiendo en que quería llevar el instrumento con nosotros. Como era de esperar, aquello no era factible en el momento, pero mi padre me prometió que volveríamos a buscarlo. No creo que lo hiciera convencido, sino que fue más bien una artimaña parta librarse de mi rabieta. La treta, sin embargo, no funcionó por largo tiempo, pues durante la semana siguiente me levanté cada día preguntando, con mi tardía lengua de trapo, dónde estaba el instrumento al que yo había bautizado como “el amigo”. Mis padres decidieron, antes de aventurarse a comprar el piano gigante, apuntarme a clases de música y ver si merecería la pena la inversión, que de ser así, harían gustosos.
Recuerdo mi primera clase de música con la nitidez de quien no quiere olvidar. El profesor, que era muy delgado y olía a tabaco de pipa, me indicó que me sentara en un taburete frente al piano, nada modesto, de su salón. Sin más preámbulo, me dijo que tocara. Y yo, sin más, toqué, aunque imagino que nada que tuviera sentido, como cabía esperar. Pero algo debí hacer bien pues cuando acabó la clase y mi madre fue a recogerme, el que fue mi primer profesor y que seguiría siéndolo por muchos años -¡y a quien tanto debo!- le dijo a mi madre: “Señora, compre ese piano”.
El resto de mi biografía musical pueden ya imaginársela. Conservatorio, estudio incansable, un contrato, algunos conciertos, y poco a poco la inclinada subida, a veces por angostos caminos, hasta donde estoy ahora.
Y hoy, pese al ruido que envuelve mi vida, cuando tengo tiempo para estar a solas conmigo mismo me encuentro pensando en cómo un hecho aislado, una situación concreta en un día que es como cualquier otro, puede desviar el curso de los acontecimientos de manera drástica, a veces para bien, otras veces, para mal. Alguna vez, amigos o periodistas curiosos me han preguntado, “¿cómo empezó todo?”, refiriéndose a mi carrera. Mi respuesta es siempre la misma:

Una vez, cuando tenía cinco años, entré en una habitación llena de polvo y encontré a mi destino esperándome, dispuesto a tomarme de la mano. 

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