El instrumento de
madera y teclas estaba cubierto del polvo de muchos años en una habitación mal
iluminada con un solo ventanuco que de seguro no se había abierto en largo
tiempo. Algunas cajas de cartón a medio cerrar completaban el inventario del
lugar que según parecía había sido relegado a guardar los objetos que un día
tal vez fueron valiosos, pero que ya no le importaban a nadie.
El piano, antaño
extrovertido y dadivoso, había sido condenado a la soledad de un alma sin
aliento. Sin nombre y sin dueño. Su silencio hubiera sonado melancólico a los
oídos de quienes saben escuchar más allá del eco, porque un instrumento al cual
no se le permite interpretar es como un bebé que crece sin nunca haber jugado:
llega a viejo prematuramente, malhumorado y triste.
Pero un día, después
de muchos años de pesado silencio cargado de desuso y de recuerdos, la quietud
fue rota inesperadamente por el calor de la risa de un niño.
La búsqueda de
tesoros escondidos y el combate a imaginarios malhechores se habían convertido
en las actividades preferidas del pequeño desde que entrara en la gran mansión
llevado de la mano de sus padres.
Recorrió
habitaciones llenas de polvo buscando debajo de camas y dentro de armarios y
hasta el momento había recabado algunos objetos de grandiosa utilidad para un
jovenzuelo de cinco años: unas desgastadas tijeras de latón, un pequeño espejo
sucio, un trozo de tela que le serviría de antifaz cuando tuviera que dar caza
a piratas, y una canica.
Había ya ejecutado
al último enemigo cuando se percató de que al final del pasillo de suelos de
madera y paredes empapeladas había una habitación aún por explorar. Su alma
aventurera no pudo resistirse a aquella nueva cruzada. El suelo crujió bajo sus
pies con cada paso dado hacia la puerta de El Dorado.
Giró el pomo de
metal.
Sus pupilas
necesitaron de un momento para dilatarse permitiendo que la poca luz de la
habitación las atravesara. El niño abrió mucho los ojos sin creer en la suerte
que tenía. ¡Había encontrado el sueño de todo explorador urbano! ¡Cajas y más
cajas llenas de a saber cuántas maravillas! ¡Tal vez encontrase oro! ¡O incluso
más canicas! Echó un vistazo a su alrededor girando despacio la cabeza, con la
boca entreabierta. Entonces el niño posó sus ojos sobre el instrumento que,
esperanzado, lo observaba desde una esquina del trastero.
Sus miradas se
cruzaron y ambos, aún sin saberlo, sonrieron.
Hace hoy más de tres
décadas de ese encuentro fortuito. El mozo de apenas cinco años no podía saber
entonces, aunque acaso lo intuyera ese instinto que sólo las almas puras
tienen, que aquel piano de teclas mal afinadas acabaría por convertirse en su
mejor amigo y más fiel aliado.
Aquel pequeño roza
hoy la cuarentena y es un prestigioso pianista y compositor.
Mi nombre es Noah
Fenech.
Yo no adiviné en
aquel momento -como sé ahora- que aquella tarde al posar mis ojos sobre el
viejecito de madera estaba forjando mi destino en el mundo de la música. Nunca
hasta entonces había mostrado interés por instrumentos, canciones o notas
musicales, sin embargo, la visión del gran piano de cola construido de madera
de caoba y completado con dos pedales que acaso hubieran sido dorados en el
pasado pero que ahora estaban demasiado oxidados para preservar su color de la
juventud, hizo que se despertara dentro de mí un talento que quizás, de no
haber sido por aquella habitación y el misterio que envolvía al instrumento,
nunca hubiera llegado a descubrir.
Recuerdo cómo con
mis curiosos dedos hundí despacio una de sus teclas blancas. Al sentir la nota
cargada de electricidad vibrar en el aire polvoriento aprecié la excitación que
debe sentir quien avista tierra tras semanas de cautiverio en el mar.
Fue entonces cuando
supe que quería aprender a dibujar arte a través de sus teclas blanquinegras. Lo
supe, sin más. Y podría decirse que ese es el fin y también el principio de la historia.
Mis padres me
encontraron dormido en el sucio suelo, junto al piano. Cuando me despertaron y
me dijeron que era hora de volver a casa yo lloré insistiendo en que quería llevar
el instrumento con nosotros. Como era de esperar, aquello no era factible en el
momento, pero mi padre me prometió que volveríamos a buscarlo. No creo que lo
hiciera convencido, sino que fue más bien una artimaña parta librarse de mi
rabieta. La treta, sin embargo, no funcionó por largo tiempo, pues durante la
semana siguiente me levanté cada día preguntando, con mi tardía lengua de
trapo, dónde estaba el instrumento al que yo había bautizado como “el amigo”.
Mis padres decidieron, antes de aventurarse a comprar el piano gigante,
apuntarme a clases de música y ver si merecería la pena la inversión, que de
ser así, harían gustosos.
Recuerdo mi primera
clase de música con la nitidez de quien no quiere olvidar. El profesor, que era
muy delgado y olía a tabaco de pipa, me indicó que me sentara en un taburete
frente al piano, nada modesto, de su salón. Sin más preámbulo, me dijo que
tocara. Y yo, sin más, toqué, aunque imagino que nada que tuviera sentido, como
cabía esperar. Pero algo debí hacer bien pues cuando acabó la clase y mi madre
fue a recogerme, el que fue mi primer profesor y que seguiría siéndolo por
muchos años -¡y a quien tanto debo!- le dijo a mi madre: “Señora, compre ese
piano”.
El resto de mi
biografía musical pueden ya imaginársela. Conservatorio, estudio incansable, un
contrato, algunos conciertos, y poco a poco la inclinada subida, a veces por
angostos caminos, hasta donde estoy ahora.
Y hoy, pese al ruido que envuelve mi vida, cuando tengo tiempo para estar a solas conmigo mismo me encuentro
pensando en cómo un hecho aislado, una situación concreta en un día que es como
cualquier otro, puede desviar el curso de los acontecimientos de manera
drástica, a veces para bien, otras veces, para mal. Alguna vez, amigos o
periodistas curiosos me han preguntado, “¿cómo empezó todo?”, refiriéndose a mi
carrera. Mi respuesta es siempre la misma:
Una vez, cuando tenía cinco años, entré en
una habitación llena de polvo y encontré a mi destino esperándome, dispuesto a
tomarme de la mano.

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