27 enero, 2014

En la estación


Gare Saint-Lazare. Monet.
 
 
El tren se acerca a la estación llena de gente envolviendo el ambiente con su vapor proletario y con el traqueteo de los raíles.

Hombres con sombrero, mueres que van y vienen. Niños que corretean. Maletas que esperan. Un reloj que nunca mira atrás.

Cien años después de este instante, guerras se habrán sucedido, países habrán nacido y otros desaparecido, la inmensa mayoría de la población que en este momento respira habrá dejado de existir y entonces, un siglo después de este ahora, las nuevas generaciones vendrán a esta misma estación y miraran al reloj centenario mientras esperan el tren que los llevará, tal vez, de vuelta a casa, tal vez, a un nuevo destino. Camino a sus sueños, tal vez.

Ella espera al tren ajena a todo lo que vendrá, y también a todo lo que fue. Ajena al paso del tiempo. Porque para ella este momento lo es todo, el futuro y el pasado del mundo entero. Ha comprado un billete a un lugar que no conoce, sintiendo que es allí a donde deber ir. Un billete que sólo tiene fecha de ida. Y la fecha es hoy. Mira el reloj que aún no ha cumplido los cien para darse cuenta de que sólo quedan diez minutos para la partida del que para ella no es otra cosa que un corcel de hierro.

El tren abre sus puertas y los ansiosos pasajeros se acomodan en los asientos. Ella también lo hace. Deja la ventana a su derecha y mira a través de sus cristales parcialmente empañados de vapor.

Llegó el momento de partir y para su consternación es menos duro de lo que pensaba. Mucho menos. No echa de menos su pasado y eso debería dolerle, sin embargo, no es así. Sólo hay una cosa que echa de menos: su futuro. Lo ansía, lo invita a acompañarla para siempre en un camino que, como el reloj de la estación, nunca mire atrás.

Clava sus ojos en el vacío y se imbuye en el ruido. El andén suena a vida, suena a amistad, a cariño, a odio, a amor, a ternura, a desesperación, a inocencia, a enfermedad, a miedo. Suena a reencuentro y despedida. Suena a corazones rotos y sueños truncados. Suena a alegría y esperanza. El corazón de la estación es, piensa ella, como mi propio corazón, que hace ruido sin saber que lo hace y sin darse cuenta de que el eco de sus latidos es necesario aún incluso cuando resuene doloroso en sus oídos.

En eso piensa, en su corazón, porque ahora que se está alejando de todo, se da cuenta por primera vez de que éste, su corazón y también su alma son suyos y de nadie más y de que siempre han estado y estarán donde les corresponde. Con ella.

Ve a una mujer desde la ventana que acarrea una maleta pesada. Su cara muestra una mueca de dolor. Nuestra protagonista se toca el pecho en su lado izquierdo para notar los latidos de su alma y sonríe para sus adentros. Se alegra de que su equipaje resulte tan ligero.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario