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| Gare Saint-Lazare. Monet. |
El tren se acerca a la estación
llena de gente envolviendo el ambiente con su vapor proletario y con el
traqueteo de los raíles.
Hombres con sombrero, mueres que
van y vienen. Niños que corretean. Maletas que esperan. Un reloj que nunca mira
atrás.
Cien años después de este
instante, guerras se habrán sucedido, países habrán nacido y otros
desaparecido, la inmensa mayoría de la población que en este momento respira
habrá dejado de existir y entonces, un siglo después de este ahora, las nuevas
generaciones vendrán a esta misma estación y miraran al reloj centenario
mientras esperan el tren que los llevará, tal vez, de vuelta a casa, tal vez, a
un nuevo destino. Camino a sus sueños, tal vez.
Ella espera al tren ajena a todo
lo que vendrá, y también a todo lo que fue. Ajena al paso del tiempo. Porque
para ella este momento lo es todo, el futuro y el pasado del mundo entero. Ha
comprado un billete a un lugar que no conoce, sintiendo que es allí a donde
deber ir. Un billete que sólo tiene fecha de ida. Y la fecha es hoy. Mira el
reloj que aún no ha cumplido los cien para darse cuenta de que sólo quedan diez
minutos para la partida del que para ella no es otra cosa que un corcel de
hierro.
El tren abre sus puertas y los
ansiosos pasajeros se acomodan en los asientos. Ella también lo hace. Deja la
ventana a su derecha y mira a través de sus cristales parcialmente empañados de
vapor.
Llegó el momento de partir y para
su consternación es menos duro de lo que pensaba. Mucho menos. No echa de menos
su pasado y eso debería dolerle, sin embargo, no es así. Sólo hay una cosa que
echa de menos: su futuro. Lo ansía, lo invita a acompañarla para siempre en un
camino que, como el reloj de la estación, nunca mire atrás.
Clava sus ojos en el vacío y se
imbuye en el ruido. El andén suena a vida, suena a amistad, a cariño, a odio, a
amor, a ternura, a desesperación, a inocencia, a enfermedad, a miedo. Suena a
reencuentro y despedida. Suena a corazones rotos y sueños truncados. Suena a
alegría y esperanza. El corazón de la estación es, piensa ella, como mi propio
corazón, que hace ruido sin saber que lo hace y sin darse cuenta de que el eco
de sus latidos es necesario aún incluso cuando resuene doloroso en sus oídos.
En eso piensa, en su corazón,
porque ahora que se está alejando de todo, se da cuenta por primera vez de que
éste, su corazón y también su alma son suyos y de nadie más y de que siempre han estado y estarán
donde les corresponde. Con ella.
Ve a una mujer desde la ventana que
acarrea una maleta pesada. Su cara muestra una mueca de dolor. Nuestra
protagonista se toca el pecho en su lado izquierdo para notar los latidos de su
alma y sonríe para sus adentros. Se alegra de que su equipaje resulte tan
ligero.

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