Siempre
había sabido a dónde se dirigía.
Siempre
había tenido claro lo que buscaba y lo que quería.
La respuesta era sencilla. Lo quería todo.
Quería luz blanca en su vida, quería toda la fuerza de la naturaleza bajo sus pies
descalzos, quería tener deudas con la vida y saldarlas con el sudor de sus
entrañas, quería sentir el ímpetu del amor en todas sus formas, quería ver el
mundo desde la cima de la montaña y explorar sus cuevas más oscuras, quería
entender, saber y saborear los sentimientos humanos. Quería, en definitiva,
conocer la magia de la que está hecha la vida, el Santo Grial de la eterna
satisfacción con el minuto vivido, con el segundo que siempre está por
llegar.
Le habían dicho, sin embargo, que eso no era
posible. Le habían dicho que llega un punto en el camino en el que no debe
aspirarse a nada más, para no perder el control, para no caer en la decepción.
Porque no hay necesidad de ir más lejos cuando aquí ya todo está bien.
Y lo cierto es que él también, en cierto
punto de ese camino, llegó a creerlo. Había tenido miedo de las tormentas y
había oído ciertas historias de monstruos y salvajes ocultos tras las montañas
que tapaban el horizonte. Y por eso un día dejó de caminar y construyó una casa
en la ladera de un monte sobre un verde prado en donde muchos días al año,
lucía el sol.
Y creyó ser feliz. Durante un tiempo.
Pero una noche en la que no podía dormir fijó
sus ojos, de nuevo, en las montañas marrones, y de nuevo, como tantos años
atrás, se preguntó qué habría tras ellas. Un escalofrío recorrió su cuerpo al
pensar en los horrores que le habían sido narrados y quiso apartar la
curiosidad de su mente. Pero la curiosidad, sin embargo, era parte de su ser
tanto como lo era su miedo a lo desconocido. El temor le había hecho creer que
era feliz pero el ansia de su corazón le mostraba ahora una insatisfacción con
ese momento que se encuentra justo después del ahora.
Se dio cuenta de que tal vez , una vez, él
había tenido razón y el mundo se había equivocado. Tal vez, esto no era lo
máximo a lo que podía aspirar.
Y ese tal
vez lo cambió todo.
Muchos años han pasado desde aquél quizás inesperado que se presentó
invasivo en una noche estrellada. Muchos años, y muchos momentos.
Y durante este tiempo ha sentido la
naturaleza bajo sus pies desnudos, y ha conocido el amor como no sabía que
existía, y ha explorado las entrañas del mundo y también las sensaciones de las
que están hechas los sueños de los hombres.
Una vez, tras muchos años de ausencia, regresó
al verde prado de sus juventud, sólo para decir hola.
¿Existen los monstruos? Le preguntaron con temor
y excitación.
Existen, desde luego.
¿Y cómo has podido regresar, si de verdad
existen? ¿Has debido combatirlos de nuevo?
Él sonríe y contesta.
Los monstruos que tanto miedo me daban son
ahora mis amigos. Ya no hay monstruos tras las montañas.
¿Entonces no son peligrosos?
Lo son, claro que sí.
La audiencia se mostró confundida.
Los monstruos existen, amigos, y son
peligrosos. Escupen lava roja y están armados con terribles colmillos y garras.
Todo el mundo guardó silencio.
Lo que no os contaron, amigos, es que
nosotros no llegamos ante los monstruos totalmente desarmados. Por el camino,
tras abandonar el prado, me encontré con una armadura que luego protegería mi
cuerpo y con una espada ligera pero de mortífera punta.
No os contaron, tampoco, que los monstruos le
tienen miedo a los hombres y también a las espadas. No os contaron que los
monstruos no quieren morir. Por eso, en el fragor de la batalla, nos dimos
cuenta, los monstruos y yo, de que estábamos unidos por una causa común: el
miedo. Y nos dimos cuenta de que quizá era aquél el verdadero enemigo de todos
nosotros, el verdadero monstruo que todos llevamos dentro.
Así que ya veis, luchando encontré nuevos
amigos y caminando encontré el más preciado tesoro.
¿Y cuál es ese tesoro? Le preguntaron
expectantes.
Él dio una respuesta que posiblemente ninguno
de los presentes entendió.
Encontré la satisfacción con el momento que
sigue al después del ahora.

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