01 marzo, 2014

Ruido


 

Ruido.

Pájaros que revolotean, la campana de una iglesia, los latidos de tu corazón, un tren que pasa a lo lejos. El mar.

Las gotas de lluvia al caer sobre el metal. Luz cetrina a través de la ventana sobre sábanas blancas.

El amor, que pasa con un estruendo, como un soplo de aire en una tormenta. Hace mucho ruido y no me deja pensar. Es un segundo, pero un segundo en el que estoy sordo, y también ciego por la fuerza de su relámpago. No me gusta, estoy asustado y me duele el miedo al dolor. Quiero que se aleje, que ese momento se marche, que nunca vuelva.

Entonces la intensidad de la tormenta ha pasado, y yo sigo ahí, bajo las sábanas blancas de mi cama. Se ha hecho de noche y ya no oigo revolotear a los pájaros. La iglesia ha enmudecido. No hay trenes en las vías y el mar está en calma. Pero a mi lado, junto a mi pecho, puedo aún sentir el sonido de tu corazón, que habla de cosas bonitas, que suena a templada melodía, que abraza mis suspiros aún inquietos.

Puedo, si me esfuerzo, aún escuchar la tormenta a lo lejos, pero ya no me da miedo. Puedo todavía, vez el refulgir de su blanca luz intermitente, pero ya no me ciega. Sé cómo es el miedo, pero ya no lo tengo, porque al llegar la calma se ha ido la lluvia, pero tú te has quedado. Y no me pides que te de las gracias, sólo que duerma tranquilo mientras la luz de la noche entra por la ventana y mientras el frío lo cubre todo ahí fuera. Me prometes, antes de que me duerma, taparme con una manta si entre pesadillas me destapo, y tal vez por eso, esa noche sólo tengo sueños bonitos.

No me dices nada más, sólo me miras, pero eso me resulta suficiente, porque tus ojos, que tanto han visto y que tanto saben, están susurrando que me quieren, y yo los creo, no porque necesite hacerlo, sino porque algo dentro de mi me hace creer que, aunque sólo sea por esa noche, no debo tener miedo.

 

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