Ruido.
Pájaros que revolotean, la
campana de una iglesia, los latidos de tu corazón, un tren que pasa a lo lejos.
El mar.
Las gotas de lluvia al caer sobre
el metal. Luz cetrina a través de la ventana sobre sábanas blancas.
El amor, que pasa con un estruendo,
como un soplo de aire en una tormenta. Hace mucho ruido y no me deja pensar. Es
un segundo, pero un segundo en el que estoy sordo, y también ciego por la
fuerza de su relámpago. No me gusta, estoy asustado y me duele el miedo al
dolor. Quiero que se aleje, que ese momento se marche, que nunca vuelva.
Entonces la intensidad de la
tormenta ha pasado, y yo sigo ahí, bajo las sábanas blancas de mi cama. Se ha
hecho de noche y ya no oigo revolotear a los pájaros. La iglesia ha enmudecido.
No hay trenes en las vías y el mar está en calma. Pero a mi lado, junto a mi
pecho, puedo aún sentir el sonido de tu corazón, que habla de cosas bonitas,
que suena a templada melodía, que abraza mis suspiros aún inquietos.
Puedo, si me esfuerzo, aún escuchar
la tormenta a lo lejos, pero ya no me da miedo. Puedo todavía, vez el refulgir
de su blanca luz intermitente, pero ya no me ciega. Sé cómo es el miedo, pero
ya no lo tengo, porque al llegar la calma se ha ido la lluvia, pero tú te has
quedado. Y no me pides que te de las gracias, sólo que duerma tranquilo
mientras la luz de la noche entra por la ventana y mientras el frío lo cubre
todo ahí fuera. Me prometes, antes de que me duerma, taparme con una manta si
entre pesadillas me destapo, y tal vez por eso, esa noche sólo tengo sueños
bonitos.
No me dices nada más, sólo me
miras, pero eso me resulta suficiente, porque tus ojos, que tanto han visto y
que tanto saben, están susurrando que me quieren, y yo los creo, no porque
necesite hacerlo, sino porque algo dentro de mi me hace creer que, aunque sólo
sea por esa noche, no debo tener miedo.
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Me ha gustado, se lee mientras te mece.
ResponderEliminarUn abrazo, seguimos en contacto