Soñó con su casa de la infancia
y cuando despertó se dio cuenta de que había sangrado por la nariz, otra vez.
Los médicos le habían pronosticado dos meses de vida y de eso hacía ya seis. No
estaba tan mal como los doctores hubieran resuelto a asegurar pero tampoco
estaba bien. Al fin y al cabo, se estaba muriendo.
Se incorporó para luego bajar de
la alta cama de hospital vestida con sábanas de un blanco mezquino. Aquél día
no se sentía tan débil como otros, pero la muerte seguía acechando, paciente, y
él lo sabía. Caminó lentamente hasta la ventana desde la que podía verse un
tumulto de ambulancias y el aparcamiento del hospital bajo la llovizna otoñal.
Se dirigió al teléfono de la
habitación que había estado sobre la mesilla y que había servido para atender las
llamadas de familiares y amigos. Sólo la de los valientes que se habían
atrevido a llamar. No todos habían mostrado interés, y él no los culpaba.
Con el auricular en la mano
marcó un número de teléfono que llevaba mucho tiempo en su agenda y que nunca había
utilizado porque no había sido necesario. Era el del amigo de un amigo que
trabajaba en una agencia de viajes. Un “¿me recuerdas?”. Un Sí, claro”. Un
“necesito un favor” y un “sin problemas”. Compró un billete de avión para aquella
misma tarde, algún día de octubre.
Una bolsa de viaje con el
cepillo de dientes, algo de ropa de abrigo, la cartera, y poco más. Al fin y al
cabo, pensó nuestro protagonista, para morirse tampoco hace falta llevar
puestas tus mejores galas. Luego sonrió, triste.
Se vistió y llamó a la enfermera
que a su vez llamó a su médico, quien trató de convencerlo por todos los medios
de que no pidiera el alta voluntaria. No funcionó.
El taxi olía a cigarrillos y la
luz gris del día le aturdía un poco. Hacía dos semanas que no salía a la calle.
Por algún motivo le gustó que la música que escapaba de la radio dentro del
vehículo fuera poco elegante.
¿A dónde?
Al aeropuerto. Y se relajó
mientras a su alrededor la vida tomaba forma en las carteras de los niños que
iban al colegio, en las gotas de lluvia, en los semáforos cambiando de color y
en el resonar de los tacones de las mujeres en sus batidas contra el suelo. Observó
cada detalle como lo hubiera hecho un niño la primera vez que ve algo. Él
quizás lo miró todo como un chiquillo porque sabía que sería la última. El humo
sucio saliendo de los tubos de escape. Los carteles de las tiendas. Un
vagabundo. El grito de alguien. Un beso.
Facturó la maleta. Pidió un café
humeante en una cafetería del lugar que no llegó a tomarse porque sabía que le
sentaría mal. Últimamente su estómago no estaba de buenas, pero le gustó
parecer un hombre sano que se pide un café sin que nadie le diera los consejos
ni le ofreciera las miradas que se le brindan a un moribundo.
Había decidido que no sería un
moribundo nunca más. Ya habría tiempo de estar muerto.
Llamada a la puerta de embarque.
El billete. Una azafata sonriente y otra, no tanto. La lluvia sobre el avión de
alas blancas, como un ave marina. Los motores tomando fuerza. El avión
acelerando por la larga pista de rayas amarillas pintadas y señales que él no
comprendía. Ya nunca tendría tiempo de aprender sobre ellas. Despegando. El
contacto con las nubes cargadas de agua.
Hace frío en el avión.
Una hora. Dos. Una pequeña
siesta. El almuerzo servido por la tripulación. Tres horas y unas cuantas más.
Se oyó el tren de aterrizaje
preparándose para su labor y al piloto dirigirse a los pasajeros a través de la
megafonía interna del avión. Gracias por viajar con nosotros y disfruten de su
estancia aquí.
Sus ojos fueron deslumbrados por
una intensa luz, la luz del sol caliente y húmedo que lo tocaba todo, ligero,
sin la fuerza del verano pero que allí es siempre tibio y amigable.
Ya había visto el mar desde el
avión, durante varias horas, de hecho. Pero ahora también podía oírlo. Y
tocarlo. Había dejado sus cosas en la habitación del hotel y sólo tuvo que
bajar las escaleras para encontrarse cara a cara con él, con el océano con el que tantas veces
había soñado en los últimos años y que no se había permitido el lujo de
visitar. No por falta de dinero, ni de medios. Sino por falta de tiempo. Ese
tiempo que sólo te ofrece el sentido común y una dosis de vagancia. El tiempo
que sólo se consigue cuando se decide dejar de lado, sólo por unos días, el
trabajo que tanto dinero te ofrece para poder vivir una buena vida, pero que al
tiempo la consume. Oxidándola, vaciándola, sangrándola.
Tuvo que llegar el cáncer.
Tuvieron que llegar las largas noches en una habitación que ya habría visto
morir a otros. Tuvieron que llegar los vómitos y las flores enviadas desde la
oficina a la que tantas horas había dedicado para darse cuenta de que tendría
que haber hecho ese viaje hacía mucho tiempo.
Una gaviota mojada hacía la
digestión dando un paseo por la playa. Él la imitó, siguiéndola, sólo por ver
quien aguantaba más. Ganó la gaviota. Se sentó, fatigado, sobre la arena mojada
que era acariciada, de tanto en tanto, por el agua salada. Había sido un día
demasiado largo. No estuvo seguro de poder levantarse para volver al hotel, pero
en ese mismo momento se dio cuenta de que eso ya no importaba. Estaba donde
tenía que estar. Dónde él quería estar.
Se descalzó y apreció el
contacto de sus pies con la arena fría más de lo que había apreciado la gran
mayoría de las cosas en su vida adulta.
Metió la mano en el bolsillo de
su pantalón para sacar su carísimo teléfono móvil. Estaba apagado y así
seguiría. Para siempre. Acarició con el pulgar la pantalla sin vida del pequeño
aparato mientras se recordó a sí mismo en la habitación del hospital, sólo dos
días antes, escribiendo algunas cartas, explicándolo todo pero sin dar
explicaciones. A su hermana. A su ex mujer a la que aún quería. A su mejor
amigo y a su anciano vecino, que había sido la más grata de las compañías en
los momentos más bajos. Cosas de la vida.
A todos ellos un gracias y un
adiós.
Con la poca fuerza que aún
albergaba su maltrecho cuerpo impulsó su brazo hacia adelante y dejo caer el
móvil, lejos, dentro del mar.
Respiró hondo y por primera vez
en toda su vida, se sintió libre. Libre para no contestar una llamada. Libre
para tomar decisiones sin que nadie las censurada. No una esposa celosa. No un
padre preocupado. No un jefe poco indulgente.
No.
Ni siquiera trató de ocultar una
sonrisa.
Miró hacia su izquierda y luego
hacia su derecha. Kilómetros de arena blanca a ambos lados. Tras él, palmeras y
hoteles. Entonces quiso mirar al frente y todo lo que vio fue azul. Un azul
mojado, intenso y cambiante. Un azul puro y salado.
Se puso de pie y caminó hacia
él. Se metió hasta las rodillas y el frescor del agua le pareció maravilloso. Oyó
un sonido. El graznido de una gaviota. Su compañera de paseo había vuelto y
ahora flotaba sobre el mar, dejando que éste la arrastrara hacia adentro. La
miró y en aquél momento él hubiera podido jurar que el ave le había ofrecido
una sonrisa.
Dio unos pasos más dejando que
el agua cubriera su cuerpo hasta el cuello. Acabó por zambullirse para que todo
su ser estuviera mojado y luego se desnudó, dejando que sus ropas de marca
flotaran sin rumbo.
Miró de nuevo al pájaro blanco que
a su vez miraba el horizonte, dándole la espalda.
-
¡Ey, amiga!- le dijo. ¿Una carrera?
Quizás por casualidad, quizás
porque entendió sus palabras, la gaviota se volvió hacia él y le sonrió de
nuevo.
El sol brillaba fuerte en el
cielo, lleno de vida y él, el hombre al que la vida no le sobraba, se sintió más
vivo que nunca al sentir su calor, al tocar el frío del agua, al saberse
observado por un animal que nunca lo juzgaría.
Se zambulló y mientras él lo hacía
la gaviota emprendió su vuelo hacia el horizonte.
Ambos trataban de ganar una carrera.

He leído el relato y me ha gustado la historia. Es realmente impactante.
ResponderEliminarRecientemente he empezado mi propio blog donde publico mis relatos y novelas. Se quieres pasarte...
unmomentodelectura.blogspot.com.es
Por aquí ando
Un saludo
¡Gracias! Me pasaré en cuanto tenga un hueco. Me encantará leer tu blog.
ResponderEliminarFantástico e impactante relato, me ha encantado, seguiré pasando a menudo :)
ResponderEliminarUn abrazo desde Valencia,
iRe ~ www.eselamor.net