El
vacío lo había llenado todo por largo tiempo.
La insatisfacción había sido su eterna acompañante.
La
tristeza, a veces, se había apoderado rauda de su mente indefensa y de su
cuerpo débil.
Todo
ello, pese a su perenne sonrisa. Todo ello, a pesar de la felicidad enmarcada
en sus ojos grises y sus trajes de colores.
Un
estado de disgusto indescriptible porque, a juzgar por todos y en comparación a
casi todo, ella era una afortunada. Confesar la infelicidad cuando todo se
tiene, es casi como un pecado, un acto de falta de consideración. De egoísmo.
Había
conocido la infelicidad tan de cerca y la recordaba tan bien, que ahora,
habiendo encontrado la paz, se preguntaba cómo había conseguido sobrevivir.
Ya no
quedaba sitio para el vacío. No había lugar para la insatisfacción o la queja.
La tristeza había partido y sólo quedaban los recuerdos, entes nebulosos del
pasado, que se paseaban junto a ella sin nunca echar nada en cara, sin nunca
exigir nada.
La paz
era blanca. Era verde. Era azul. Podía ver a través de ella todos los colores,
todos los sentimientos, todos los paisajes. Podía llorar y reír, y sentir la
pena y el dolor, la felicidad y el placer. Pero todo a través de su velada
calma, de su seguridad en el ahora.
De su
fidelidad a lo bueno, a lo bello, a lo cierto.
De su
fe en que Dios, sin haberlo percibido durante tantos años, siempre había vivido
en ella.

"La paz era blanca. Era verde. Era azul.", me gusta.
ResponderEliminarSeguimos leyéndonos, un abrazo.